¿Qué ocurre en el cuerpo cuando comemos?

La alimentación hace mucho más que quitar el hambre
Comer es una actividad tan cotidiana que pocas veces pensamos en todo lo que ocurre dentro de nuestro organismo después del primer bocado.
Sin embargo, cada comida pone en marcha una extraordinaria cadena de procesos. El aparato digestivo comienza a transformar los alimentos, el intestino selecciona y absorbe nutrientes, el páncreas y otros órganos liberan hormonas, las células reciben combustible y materiales para renovarse, y el cerebro recibe continuamente información sobre lo que está sucediendo.

Alimentarnos no significa únicamente llenar el estómago o dejar de sentir hambre. Significa proporcionar al organismo los elementos que necesita para obtener energía, reparar tejidos, producir hormonas y neurotransmisores y mantener funcionando numerosos sistemas.

En personas que viven con fibromialgia, comprender este proceso puede ser especialmente útil. La alimentación no cura la fibromialgia, pero forma parte del contexto biológico en el que funcionan el sistema nervioso, los músculos, el metabolismo, el sistema inmunitario y la microbiota intestinal.

Todo comienza antes de que el alimento llegue al estómago

La digestión comienza prácticamente desde que vemos, olemos o pensamos en comida.

El cerebro anticipa que vamos a alimentarnos y activa respuestas que preparan al aparato digestivo. Al comenzar a comer, la masticación fragmenta los alimentos y los mezcla con saliva. Algunas enzimas presentes en ella empiezan a actuar sobre determinados nutrientes.

Después de tragar, el alimento atraviesa el esófago hasta llegar al estómago.

Allí se mezcla con ácido y enzimas digestivas que ayudan a descomponerlo, especialmente las proteínas. Poco a poco se forma una mezcla semilíquida que posteriormente pasa hacia el intestino delgado.

Pero descomponer los alimentos es solamente el comienzo.

Del plato a moléculas que nuestras células pueden utilizar

Nuestro cuerpo no puede utilizar directamente un trozo de pan, una cucharada de frijoles, una manzana o un filete de pescado. Primero tiene que transformarlos en componentes mucho más pequeños.

Los carbohidratos se convierten principalmente en azúcares simples como la glucosa, que puede utilizarse como fuente de energía.

Las proteínas se descomponen en aminoácidos, necesarios para fabricar y reparar estructuras corporales y para sintetizar numerosas moléculas.

Las grasas se transforman en ácidos grasos y otros componentes que pueden utilizarse como energía, formar membranas celulares y participar en numerosos procesos fisiológicos.

Las vitaminas, minerales y otros compuestos presentes en los alimentos también son absorbidos y utilizados en una enorme variedad de reacciones metabólicas.

La mayor parte de esta absorción sucede en el intestino delgado. Desde allí, los nutrientes pasan a la sangre o a la circulación linfática y comienzan a distribuirse por el organismo.

En otras palabras, aquello que estaba en nuestro plato termina convirtiéndose, literalmente, en materia prima para nuestro cuerpo.

Comer también significa producir energía

Una vez absorbidos, los nutrientes llegan a los tejidos y a las células.

Dentro de ellas ocurren complejas reacciones metabólicas destinadas a obtener energía. Buena parte de esa energía termina disponible en forma de ATP, una molécula que podríamos imaginar como una pequeña “moneda energética” utilizada por nuestras células.

La necesitamos constantemente.

Para que un músculo se contraiga.

Para mantener funcionando el cerebro.

Para regular la temperatura corporal.

Para transportar sustancias a través de las células.

Para reparar tejidos.

Incluso cuando estamos descansando, nuestro organismo continúa consumiendo energía para mantener las funciones esenciales.

Este punto resulta especialmente interesante cuando hablamos de fibromialgia, porque la fatiga y la sensación de falta de energía son síntomas frecuentes. Esto no significa que simplemente “comer más” vaya a resolver la fatiga asociada con la enfermedad. La fatiga en fibromialgia es compleja y puede estar relacionada con múltiples factores, entre ellos alteraciones del sueño, dolor persistente, actividad física, estado emocional, medicamentos y otros mecanismos fisiológicos.

Sin embargo, una alimentación suficiente y nutricionalmente adecuada proporciona al organismo los componentes necesarios para desarrollar normalmente sus procesos metabólicos.

Después de comer también cambian nuestras hormonas

Cada comida provoca una respuesta hormonal.

Cuando aumenta la glucosa en sangre, por ejemplo, el páncreas libera insulina, una hormona que facilita que muchas células utilicen o almacenen esa glucosa.

Al mismo tiempo intervienen numerosas señales procedentes del aparato digestivo y del cerebro que participan en la regulación del hambre y la saciedad.

Por eso comer no consiste únicamente en llenar físicamente el estómago.

Existe una conversación permanente entre intestino, cerebro, tejido adiposo, páncreas y otros órganos que ayuda al organismo a decidir cuándo necesita energía, cuándo debe almacenarla y cuándo hemos comido suficiente.

El intestino no trabaja solo: millones de microorganismos participan

En nuestro intestino vive una enorme comunidad de microorganismos conocida como microbiota intestinal.

Muchas sustancias que nuestro aparato digestivo no puede descomponer completamente —entre ellas ciertos tipos de fibra— llegan al colon, donde pueden ser fermentadas por bacterias intestinales.

Como resultado de este proceso se producen diferentes metabolitos, entre ellos los ácidos grasos de cadena corta, que pueden intervenir en la salud de la barrera intestinal, el metabolismo y la regulación de respuestas inmunitarias.

Esto ha llevado a estudiar cada vez con mayor interés la relación entre alimentación, microbiota y salud.

Y aquí aparece un campo particularmente interesante para la investigación sobre fibromialgia.

El intestino y el cerebro están en comunicación constante

Durante mucho tiempo se pensó en el intestino principalmente como un órgano encargado de digerir alimentos. Hoy sabemos que existe una comunicación bidireccional mucho más compleja entre el aparato digestivo y el sistema nervioso.

Se conoce como eje intestino-cerebro.

En esta comunicación participan señales nerviosas, hormonales, metabólicas e inmunitarias. La microbiota intestinal también puede intervenir mediante las sustancias que produce.

En los últimos años diferentes investigaciones han encontrado diferencias en la composición de la microbiota intestinal y en algunos metabolitos bacterianos de personas con fibromialgia. Se estudian, entre otros mecanismos, posibles relaciones con los ácidos grasos de cadena corta, el metabolismo del triptófano, la permeabilidad intestinal y determinadas vías neuroinmunitarias.

Son hallazgos científicamente interesantes, pero deben interpretarse con prudencia.

Todavía no sabemos si las alteraciones observadas en la microbiota son una causa, una consecuencia o solamente una característica asociada con la fibromialgia.

Las investigaciones más recientes continúan considerando al eje microbiota-intestino-cerebro como una vía prometedora para comprender mejor la enfermedad, pero la evidencia disponible todavía no permite recomendar tratamientos específicos dirigidos a modificar la microbiota como una terapia establecida para la fibromialgia.

¿Puede lo que comemos influir en la inflamación?

Los alimentos proporcionan mucho más que calorías.

Frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, semillas, frutos secos, pescado y aceite de oliva, por ejemplo, pueden aportar fibra, grasas insaturadas, vitaminas, minerales y numerosos compuestos bioactivos.

El patrón global de alimentación puede influir sobre factores metabólicos, microbiota intestinal y determinados mecanismos relacionados con la respuesta inflamatoria.

Por este motivo existe interés en estudiar patrones alimentarios como la dieta mediterránea, caracterizada por una elevada presencia de alimentos vegetales, aceite de oliva, legumbres, cereales integrales, frutos secos y pescado, y un consumo relativamente bajo de alimentos altamente procesados.

Algunas investigaciones recientes sugieren que una mayor adherencia a este patrón podría relacionarse con mejoras en determinados síntomas de personas con fibromialgia. Sin embargo, los estudios disponibles todavía son relativamente pequeños y heterogéneos, por lo que no podemos afirmar que exista una “dieta para la fibromialgia”.

Entonces, ¿existe una alimentación específica para la fibromialgia?

Hasta ahora, no existe una dieta única que haya demostrado tratar o curar la fibromialgia.

Se han investigado dietas vegetarianas, mediterráneas, bajas en FODMAP, dietas de eliminación, reducción de determinados aditivos y diferentes suplementos nutricionales. Algunos estudios han encontrado mejorías en dolor, síntomas gastrointestinales, fatiga o calidad de vida, pero los resultados no son suficientemente consistentes.

Las revisiones sistemáticas señalan un problema importante: muchos estudios cuentan con pocos participantes, utilizan intervenciones muy diferentes y presentan limitaciones metodológicas.

Esto significa que conviene desconfiar de mensajes como:

“Este alimento provoca fibromialgia”.

“Elimina este grupo de alimentos y desaparecerá el dolor”.

“Esta dieta cura la fibromialgia”.

La evidencia científica actual no permite hacer esas afirmaciones.

Además, eliminar innecesariamente numerosos alimentos puede dificultar que una persona obtenga suficiente proteína, fibra, vitaminas, minerales o energía.

Cuando existen síntomas digestivos importantes o se sospecha que determinados alimentos empeoran los síntomas, puede ser útil realizar una evaluación individual con profesionales de la salud y, cuando corresponda, con un especialista en nutrición.

Alimentarse también es cuidar al organismo

Quizá la manera más útil de entender la alimentación en fibromialgia no sea buscar alimentos “buenos” y “malos”, sino comprender que cada comida proporciona información y materiales al organismo.

Cuando comemos:

el sistema digestivo transforma los alimentos;

el intestino absorbe nutrientes;

la microbiota metaboliza parte de lo que no podemos digerir;

las hormonas ayudan a distribuir y almacenar energía;

las células utilizan nutrientes para producir ATP;

los aminoácidos participan en la construcción y reparación de tejidos;

los ácidos grasos forman parte de estructuras celulares;

las vitaminas y minerales permiten que miles de reacciones químicas ocurran correctamente;

y el intestino mantiene una comunicación constante con el cerebro y el sistema inmunitario.

Por eso la alimentación hace mucho más que quitar el hambre.

En fibromialgia, el objetivo no debería ser buscar una dieta perfecta

Vivir con dolor persistente y fatiga ya implica un esfuerzo considerable. La alimentación no debería convertirse en una nueva fuente de culpa, ansiedad o restricciones difíciles de mantener.

Un enfoque más razonable consiste en buscar una alimentación variada, suficiente, equilibrada y sostenible, adaptada a las necesidades y tolerancia de cada persona.

Puede significar consumir regularmente verduras y frutas, incluir fuentes adecuadas de proteína, preferir grasas insaturadas, incorporar alimentos ricos en fibra cuando sean bien tolerados, mantener una hidratación adecuada y reducir el predominio de productos altamente procesados.

Pero también significa observar al propio cuerpo.

Las personas con fibromialgia no experimentan exactamente los mismos síntomas ni responden de la misma manera a los alimentos. Algunas presentan además síndrome de intestino irritable u otros trastornos gastrointestinales que pueden requerir ajustes específicos.

La alimentación debe formar parte de un abordaje integral, junto con otros componentes importantes del tratamiento como la actividad física adaptada, el manejo del sueño, la educación sobre la enfermedad, el apoyo psicológico cuando sea necesario y los tratamientos médicos indicados para cada persona.

Para recordar

Cuando comemos no solamente dejamos de tener hambre.

Ponemos en marcha un complejo sistema que proporciona energía y nutrientes a nuestras células, participa en la renovación de tejidos, interactúa con nuestras hormonas y nuestra microbiota y mantiene una comunicación constante con el cerebro.

En fibromialgia todavía queda mucho por investigar acerca de la relación entre nutrición, microbiota, metabolismo y síntomas. Lo que sabemos hasta ahora invita a considerar la alimentación como una pieza del cuidado integral, no como una cura ni como una explicación única de la enfermedad.

Porque cuidar nuestra alimentación no significa perseguir la perfección.

Significa darle al organismo los recursos que necesita para realizar, cada día, el extraordinario trabajo de mantenernos funcionando.

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Este contenido tiene fines educativos e informativos y no sustituye la valoración, diagnóstico o tratamiento indicado por profesionales de la salud.